Imagen tomada de la red
Me cautivaban
las historias que allí leía. Cada mañana, al levantarme, entraba en aquel blog
y, mientras desayunaba, me extasiaba leyendo las letras en prosa o verso que su
autor editaba. Siempre a las cuatro de la madrugada y diariamente.
Leía
lo último y, si iba bien de tiempo, ahondaba hasta el fondo buscando viejos
poemas, que no por releídos, disminuían su perfección.
Como
digo, era aquélla una bitácora de gran calidad literaria, que me inspiraba, motivaba
y entusiasmaba. Pero un día, cuando me
dispuse a opinar sobre unos versos extremadamente buenos, de ésos que te tocan
los centros y te traspasan hasta la entraña, surgió una ventana emergente, exigiéndome
demostrar que yo no era una humana y me conminaba a transcribir unos signos
poco inspiradores y aún menos literarios. Mi ojos cansados casi se apagan ante
algo tan inteligible, que hasta los dedos se anquilosaron sobre las teclas,
cuando se vieron forzados a escribir aquella “dichosa” palabreja antispam.
Ha
pasado un tiempo y aún me siento ofendida de que se dudase así de mi índole robótica.