domingo 29 de marzo de 2009

Escarcha


Escarcha se hizo este amor que antes fue fuego. Con el desfilar de los días. Con los sombríos momentos.

Mientras el desamor sembraba cizaña y las lágrimas apulgaraban al tiempo, los problemas se enquistaron de secretos y misterios.

Y entre tragos de indiferencia y altas dosis de silencios, la soledad fue socavando espacios por todos los poros del cuerpo. Hasta alcanzar al alma y ubicarse en sus adentros.

Entonces la escarcha extendió su manto, y este amor, antaño perfecto, con un último suspiro se rindió al feroz ímpetu del viento.

®Trini Reina
14/10/2005
Del Poemario "Azules rotos"
Photobucket

Centenario


Hace cien años, tal día como hoy, 14 de octubre, se fundó en Sevilla un equipo de fútbol, el que lleva con orgullo el nombre de la ciudad. Sevilla.F.C

Lo que comenzó siendo un juego, un pasatiempo, una excentricidad para muchos, pasó a ser con el correr de los años un profundo sentimiento.

Desde pequeña, en mi familia se ha vivido este sentimiento, este amor a unos colores, esta pasión por un escudo. Un escudo cuya silueta semeja un corazón. Un corazón por el que laten miles de almas.

En este siglo de vida que hoy se conmemora, muchas personas han vibrado en tardes de alegría por las victorias, y se han estremecido de decepción en las derrotas. Han sentido la mayor de las euforias con los goles en el último suspiro. Y la desolación por algunos avatares que han ensombrecido nuestra historia y hasta nos han hecho derramar más de una lágrima.

Como aficionada y socia, madre e hija de Sevillistas y por mi amor a este club, hoy, desde aquí, quiero felicitar a la institución, SEVILLA.F.C. Y de paso, a todos y cada uno de los que como yo misma amamos y sentimos estos colores. Rojo de pasión y blanco de paz.

¡Viva el Sevilla F.C! ¡Felicidades en su CENTENARIO!

POESÍA

Para mí es más que un deporte, son miles de sentimientos, los que siento por mi Sevilla, el equipo de mis ancestros.
Mi abuelo fue del Sevilla, lo son mis padres, y todos sus nietos. Y yo también lo soy y hasta la muerte lo seguiré siendo.
En bufandas y banderas dibujado, portamos bello blasón, rojiblanco sus colores; su silueta un corazón.
Blanca tengo el alma, roja la sangre en mis venas. Los colores de mi equipo, la esencia de su bandera.

El Sevilla cumple un siglo, arduas crisis superamos, dichosos en paz y armonía, ahora, gocemos su centenario.

Trini Reina
13/10/2005
Photobucket


Alma viajera


Era femenina y bella. Una mujer factible de admirar por otras mujeres. Era mi antagonista y de su mano él llegó a mis recintos. Hablamos, reímos, paseamos por un jardín plagado de delicias. El ambiente se hizo quimérico y suave. Era mi rival, y en su inocencia hasta mí lo trajo.

Feliz me sentía dialogando entre ellos. Él estaba infinitamente lejos de mí; pero, en ese minuto fui dichosa de tenerlo tan cercano. Respirando el mismo aire, aspirando los mismos aromas, observando idéntico paisaje.
Él no tenía ojos nada más que para ella…

De repente, sentí como mi alma celosa se elevaba de su seno e iba tras él… Quizá no percibió la etérea caricia cuando la sombra lo besó. En el instante mismo en que todo mi cuerpo se sacudió con un escalofrío.
Hacía el crepúsculo nos despedimos, en frívola charla, diplomáticos, derramando medias sonrisas, parabienes y adioses…

Y se marcharon los tres. Ella, él, y mi alma traicionera que desertó de mí para viajar a su lado.

©Trini Reina
11/10/2005
Photobucket

Añoranza


Te extraño, cuando la añoranza al azar se desborda en mi pecho, y los pulmones se sienten mermados para aplacar el dolor de la ausencia.

Te extraña mi cuerpo hueco, y mi piel que perdió tersura. Y te extraña mi mente que resucita a los olvidos para así al menos solazarse con tu recuerdo.

Te extraña mi corazón malherido, y el alma, peso muerto sin tu presencia.

Te extrañan mis manos que rebosan caricias. Y mis besos perdidos que no encuentran la cálida senda de tus labios.

Te extraño en el helor de mis noches y en los amaneceres huérfanos de pájaros que si no estás, decoran mis días.

Te extraño cuando sonrío, y hasta en mis rictus amargos te extraño, cuando al semblante lo inunda la nostalgia mía.

Te extraño tanto que hoy ni siquiera me silencia el orgullo, y en cada gesto, mi cuerpo que te extraña te lo grita.

®Trini Reina
08/10/2005
Del Poemario "Azules rotos"
Photobucket

Insomnio


Lo buscó por las cuatro esquinas de la alcoba, entre las lágrimas cristalinas de la araña, los pliegues de la colcha y en las plumas de la almohada. Lo llamó en un susurro y, percibiendo que la suavidad no lo atraía, a gritos lo reclamó el cuerpo desmadejado. Mas el sueño, rebelde, se negó a comparecer. Ya de madrugada, colmada de desesperación, abrió los ojos de par en par y se dejó poseer por los garfios del insomnio.

©Trini Reina.
07/10/2005
Photobucket

Decepción


De repente, no sé bien desde dónde, aparecieron unas enormes tijeras, metal negro, aguzado corte. Y, como una voraz mandíbula, de un certero tajo seccionó el lazo de seda que envolvía las ilusiones, desintegrándolas. Y allí se quedó. Abatida, la piel deslucida, sin brillo, sumergida en el lóbrego país donde vagan las almas que carecen de ensueños.

©Trini Reina
07/10/2005
Photobucket

Palabras sin voz


Mientras prepara desayunos, desayuna, y entre tragos de café amargo, tras oír unas palabras de alguien muy querido que, ante un error suyo la llama "loca", quizá, para no prestar una atención suprema al daño que le producen tan injusto término, reflexiona...

Exprimiendo a la memoria a hora tan temprana, cuando aun ésta vaga entre las brumas del sueño de la madrugada y las tareas que deparará el día que abre, se percata de que en toda su existencia, jamás nadie le ha pedido perdón tras herirla.

Nadie, nunca, por pequeña que resultase la ofensa, o, por hondo que calara el puñal, pasadas unas horas, o unos días, se había dirigido a ella con el regalo del perdón en los labios.

Cierto es, que siempre hace oídos sordos a las "bofetadas sin mano",que así suele llamar a las palabras hirientes, a los desabridos gestos, y, tras los primeros minutos a veces, dependiendo de la magnitud, o las horas, corre un tupido velo sobre el asunto y continúa siendo la misma de antes. "Aquí paz y después gloria"…

Pero en este amanecer de lunes cuando los gallos cantan homenajeando al sol que nace y el reloj da las siete campanadas en la espadaña de la iglesia, mientras, prepara desayunos y desayuna, deduce que ella debe de tener poco valor pues, nadie la creyó merecedora jamás de un perdóname…

Trini Reina.
05/10/2005
Photobucket

Vehemencia V


Tras esa puerta reside la paz de mi vida sin ti. Sé que si cruzo el umbral, frente a mí se desplegará un paisaje sosegado, de imágenes quietas, sin brillo. Una cordillera gris de días repetidos. Un río apaciguado que no arribará en ningún océano tempestuoso.

Por eso, aunque a diario abro esa puerta y observo las afueras, añorando un poco de serenidad para mi corazón cansado, siempre acabo de un golpe cerrándola. Y vuelvo a la locura de tus brazos, a este interno mundo tuyo y mío, a este vivir sin vivir de horas dulces…de días amargos.

©Trini Reina
03/10/2005
Photobucket

Alma de arena


Juicio no tiene esta hueca espera, agotando el aliento en cada segundo por el reloj desahuciado.

Me empeño en dejar las ventanas de par en par al aire, mas en vano; tampoco las cruzaras esta noche creciente de luna. Rutilante de estrellas. Huérfana de nubes. No habrá lluvias que palie la sed que el cuerpo arrastra. Ni siquiera se filtrará una gota de rocío para sofocar el fuego del seno herido.

Minuto a minuto, sin resuello va quedando la esperanza, sabedora de que no rozaras las lindes de este paisaje que trasmuta en arenas.

Mientras aguarda, el alma se hace jirones, y se duelen rotas las vacías manos; les sobran caricias que donar, mas, no hay piel por ellas rogando.

La soledad por los cristales se cuela, el corazón tañe campanas de llantos, la sangre enmohecida de luto, en las venas, saetas cantando.

Se despide la madrugada y sigues ausente. Ya la aurora despliega su manto, mostrando al nuevo día vestido de humo; tan denso, como mi quebranto.

®Trini Reina
02/10/2005
Photobucket

Shanna


Esta es la historia de Shanna, la que siempre tenía prisas.
¿Dónde iría esa muchacha? Anduvo por la vida oteándolo todo, y nunca vio nada. Qué premura padecía, era como si presagiase que la edad venía apurada.

Se apresuró a nacer antes de que tocasen diana, habló con anticipación de horarios, caminó entre la madrugada y el alba. Aún corría el invierno de su niñez cuando se sintió enamorada y dejó la adolescencia por los rincones herrumbrada.
La incipiente mujer, en un abrir y cerrar de ojos, en las manos vislumbró las arras y a la mañana siguiente en el pecho, un hijo de ella se alimentaba. Consideró normal lo que extraordinario se consideraba. Se creyó hembra madura, cuando verdes eran sus ramas.

Así galoparon los años, el reloj de una campana a otra saltaba, los minutos eran segundos, las semanas en horas pasaban. Y las estaciones, por el espacio se sucedían, de rutinas fraguadas.

Cierta noche no asomó la luna, las estrellas en sus cunas holgaban y el horizonte emergió mísero de alboradas.
Con pinzas inmundas el cangrejo de frente avanzaba.

Mas, cuando la vida mostraba su faz descarnada, se rebeló y ordenó a sus ojos despegar las pestañas. Juró saborear el futuro con avidez, de su mente colgó farolillos, el cuerpo ungió de esperanzas, bebió selectos caldos y lamió la miel más elaborada; se llenó el corazón de dicha y luchó con diez espadas, desdoblando la tozudez que poseía en el alma.

Rediviva, sermoneó a la existencia por el maratón que había corrido y le dijo que, en adelante, a pasitos cortos vagara. Se abrió a las cosas bellas, beneficióse de las lecciones que aprendió de las cosas malvadas y, henchida de entusiasmo, reemprendió la marcha. Pero esta vez con el freno puesto, deslizándose como espuma por un airoso mar en calma.

©Trini Reina
01/10/2005
Photobucket

Al vaivén de tus olas


Hay días en que llegas con la luna en el hueco de tus manos y en mis manos, dadivoso la depositas. En cambio otros ni tan siquiera una gota de lluvia legas a mi piel en llamas.

Hay días en que tus palabras derrochan ternuras, anhelos inconfesables; una caricia en cada letra… Y jornadas en que tus silencios matizan de nubes las ilusiones mías.

Hay días en que contigo soy dueña y ama de la dicha, pues, consigues con tu presencia que relumbren mis contornos. Y al alba siguiente, llegas apagando luces, calcinando esperanza, desvalijando sueños.

Hay días en que el amor corona todos tus gestos, y el brillo de tus ojos grita al mundo lo que es un hombre enamorado. Mas, tras la noche, despiertas con el amor consumido; y en tus ojos se refleja insolente la indiferencia.

Hay días en que a empellones, tirando de mí, de la tristeza me extraes, y contigo vivo el más radiante de los minutos. Otros en cambio me arrastras al fondo de tus olvidos, y allí sin clemencia me abandonas.

Y, ante esta convulsión de sentimientos; subo al cielo o desciendo a los infiernos.
Mientras, mi corazón se duele a golpes de incertidumbre sin atinar que música ubicar a sus latidos: sí un allegro que lo rebose de júbilo o un réquiem para velar al alma ensombrecida.

®Trini Reina
21/09/2005
Del Poemario "Azules rotos"
Photobucket

Huída


Se incorporó, y titubeando dio su primer paso…
Marchó paulatinamente dejando a sus espaldas multitud de cosas antaño precisas. Objetos tan manidos que perdieron mucho tiempo atrás el poder de brindarle confianza.
La silla donde se mantuvo sentado tantos plagiados años quedó al fin desocupada.

Cerró a cal y canto esa habitación de atmósfera cargante, y sin especular, impulsivamente; inició el camino.
Sin dolor en la mirada, a pasos largos, anduvo el zaguán. Alcanzó el portón y de un certero golpe descorrió el cerrojo. Casi con la respiración fuera de juego se paralizó en el umbral. El corazón, con sus acelerados latidos; lo ensordecía.

Allí se mantuvo unos segundos, indeciso, tenia miedo al infinito que ante el se extendía. A ese inexplorado territorio que le aguardaba fuera. Aún sin atreverse a dar por si solo el paso definitivo, fue una ráfaga de viento quién decidió por él. Con un fuerte estrépito, que resonó en todo el edificio, que reverberó en toda la avenida, la puerta se cerró tras de sí; dejándolo expuesto, pero, tremendamente vivo.
Entonces, sus pies livianos sin la pesadez de la incertidumbre; emprendieron la huida hacia la liberación.

Cuándo llevaba un buen trecho recorrido frenó, volvió la vista atrás y vio cómo una tormenta de arena se ensañaba con el reino de la Nada. Sin el menor sentimiento de duelo por la catástrofe, con júbilo, reemprendió su recién estrenada odisea…

©Trini Reina
15/09/2005
Photobucket

Desprendimientos


…Y fui yo quien adiós te dijo. Y fue mi corazón acorazado quien te negó cobijo. Y el dolor de tu partida en el alma se me ha hecho tormento y martirio.

Mas, no te trae de vuelta mi voz; muda permanece en mitad del delirio.
Suspiro, y el aire que exhalan mis pulmones por la boca escapa de soledad herido.

Si yo te arrojé de mi vida, mi condena será no coexistir contigo. Ya se alejan por la alameda tus pasos y de nostalgia se lamentan, en pleno, el quinteto de mis sentidos.

Mi espíritu desangrado por este impuesto castigo, a la mente le ruega que sin pausa convoque al olvido, y éste con sus opacas alas arrastre tu recuerdo hasta el último rincón del infinito. Y con el se marche este duelo que alimento, afilado y maldito. El de haberte querido tanto que tan sólo en nombre del amor de amarte he dimitido.

© Trini Reina
13/09/2005
Photobucket

Hablando de ti


Al sol, le hablo de ti, le cuento que tú eres, y no él, quién otorga luz a mis días. Y él, ante tan alta soberbia dilata sus rayos y sonríe.

A la luna le hablo de ti, muestra tu cara más hermosa, le pido. Para que allá donde él se encuentre a tu claridad descifre el misterio que lo acerque hasta mi alma.

Al mar le hablo de ti, le cuento que tú eres la marea que me arrastra. Quien hace de mí una ola que anhela alcanzar tu orilla, y allí, en la calidez de tu arena, buscar la paz para mí quebranto.

Al río le hablo de ti, le ruego que lleve en su corriente, mecida al vaivén de sus aguas a mi barca, hasta que arribe a tu puerto para echar anclas a tu amparo.

A mis sueños les hablo de ti, y en ellos soy libre de entonar mi canción a tus sentidos. De prodigarte una riada de besos. De donarte un millar caricias. Confesándole a mis sueños tan oscuro amor, yo soy libre de amarte; sin que la realidad me prohíba hasta suspirar tu nombre.

A mi soledad le hablo de ti y ella al escucharme se multiplica más si cabe. Intento que de mi se conduela y entre sus tentáculos me reconforte. Mas, sólo de su parte recibo silencios.

A mi almohada le hablo de ti y a ella me abrazo en esas mis noches tristes que tan bien conocen sus plumas. Mas, no sabe ofrecer respuesta a mis consultas, y conmigo se solidariza bebiéndose mis lágrimas.

A mi corazón le hablo de ti; pero, este me contradice llorando vacíos. Ninguna flecha perdida al tuyo hirió de amor, y el mío, solitario, sobrevive a medio pulso.

A mi alma le hablo de ti, y ella, perpetuamente blanca me aconseja que no desespere, que tal vez me ames la siguiente amanecida. Y ella sola, exageradamente cándida; se agarra con uñas y dientes a la esperanza.


®Trini Reina
09/09/2005
Del Poemario "Azules rotos"
Photobucket

Muere el amor


El amor de dos no se rompe a dúo. Expira en un corazón, pero por un tiempo, continua latiendo en el otro. Y el que subsiste incendiado sufre insanamente el inútil gasto de energía.

El amor de dos se rompe por uno de los perfiles, y el otro se queda balanceándose sin red en el vacío; sumido en un agujero negro en el que impotente es de hallar la luz de salida.

La razón del que sigue con el amor vivo protesta, se desgañita exigiendo piedad o justicia. Pero, el corazón es caprichoso, y a su libre albedrío se enamora. Y la cordura del desamado ha de claudicar ante la evidencia.

Jamás retrocede el desamor por mucho ímpetu que en ello derroche el repudiado. Si dejan de amarte sólo resta suturar raudamente las heridas del alma.

Cuando el amor de dos se rompe, para uno las rosas pierden su aroma y las mariposas entregan al luto el color de sus alas. Mientras, quizá en la otra faz una nueva estrella esté eclosionando en sus adentros; rebosante de mágica esperanza.

Cuando muere el amor de dos, el perdedor demuestra que su amor fue genuino y sigue vivo, dotando de libres alas al que se cansó de amar. Aunque esto signifique la mayor de las condenas para su lacerado espíritu.

©Trini Reina
05/09/2005
Photobucket

Gente abusiva


El caluroso día de julio tocaba a su fin. El sol, apenas un arco rojizo y radiante se perdía en el ocaso satisfecho con la labor realizada.
Al atardecer, casi anocheciendo ya, comenzó a soplar una tímida brisa de poniente y salí a la calle a dar un paseo. No aprovechar regalos así en el verano andaluz constituye un pecado.

Tras una vuelta a la manzana me detuve en la acera, y elevé la mirada hasta la loma cuajada de naranjos que hay frente a mi casa. Ese vergel, es casi la última zona rural que queda en el pueblo que, desde la explosión demográfica de años atrás, ha ido trocando olivares por urbanizaciones de viviendas. Incluso en este coqueto huerto ya ondea por sobre las copas de los árboles las banderolas de publicidad de una constructora; así que en poco tiempo los vecinos perderemos la gloria que brindan los naranjos en primavera cuando eclosionan de azahares e impregnan con su peculiar aroma las vías aledañas y son un placer para la vista de quien sabe mirarlos.

En esa considerable pérdida pensaba cuando giré mis pasos para volver a casa. Mis pies fueron más rápidos que mis ojos que se quedaron colgados a la misma altitud que tenían décimas de segundos antes. Entonces la vi.

Estaba sentada en una silla baja, y miraba a través de la reja de su balcón a la calle, aunque, con la vista extraviada, perdida; sin percibir nada.

Esa visión me trajo a la memoria la imagen de un chimpancé que una vez vi en el zoológico. El animal angustiado, huía, y al hacerlo, se golpeaba la cabeza con los barrotes de su jaula lo que me causó una gran desazón.
Pero ella, la mujer del balcón, no se daba a la fuga, permanecía quieta, sin mover tan si quiera una pestaña. Quizá volaba con la imaginación ¿Quién puede saber lo que desfila por mente ajena?

Diminuta y flaca. Pasado el medio siglo de vida. De pelo pardo y tez morena; mate y profusa en arrugas. Sola en su soledad. Sobreviviendo prisionera y esclava de su hipocondríaca y egoísta madre. A su entero antojo.

Su nombre clama a la esperanza. Y en ese instante al verla tan desolada, me pregunté si ella, a estas alturas de la vida esperaba todavía algo.
En ocasiones los nombres con que somos bautizados son crueles, y marcan de por vida a quien los lleva. En este caso, el nombre venía cargado de humor negro, y se burlaba de ella.

Aquella tarde sentí unas ganas enormes de ponerme a llorar cuando la entreví. No, no es cierto, sentí deseos de subir a socorrerla, a abrazarla; sin embargo, no hice nada. No se estila entrometerse en la vida privada de los demás, hay que guardar las apariencias… Pero en la boca, por muchos días, me quedó el regusto amargo de la impotencia.
Y es que, cómo dice el refrán “Los hay que nacen con estrella y quienes nacen estrellados.

Trini Reina
02/09/2005
Photobucket

Sin estrellas


El caluroso día de julio tocaba a su fin. El sol, apenas un arco rojizo y radiante se perdía en el ocaso satisfecho con la labor realizada.
Al atardecer, casi anocheciendo ya, comenzó a soplar una tímida brisa de poniente y salí a la calle a dar un paseo. No aprovechar regalos así en el verano andaluz constituye un pecado.

Tras una vuelta a la manzana me detuve en la acera, y elevé la mirada hasta la loma cuajada de naranjos que hay frente a mi casa. Ese vergel, es casi la última zona rural que queda en el pueblo que, desde la explosión demográfica de años atrás, ha ido trocando olivares por urbanizaciones de viviendas. Incluso en este coqueto huerto ya ondea por sobre las copas de los árboles las banderolas de publicidad de una constructora; así que en poco tiempo los vecinos perderemos la gloria que brindan los naranjos en primavera cuando eclosionan de azahares e impregnan con su peculiar aroma las vías aledañas y son un placer para la vista de quien sabe mirarlos.

En esa considerable pérdida pensaba cuando giré mis pasos para volver a casa. Mis pies fueron más rápidos que mis ojos que se quedaron colgados a la misma altitud que tenían décimas de segundos antes. Entonces la vi.

Estaba sentada en una silla baja, y miraba a través de la reja de su balcón a la calle, aunque, con la vista extraviada, perdida; sin percibir nada.

Esa visión me trajo a la memoria la imagen de un chimpancé que una vez vi en el zoológico. El animal angustiado, huía, y al hacerlo, se golpeaba la cabeza con los barrotes de su jaula lo que me causó una gran desazón.
Pero ella, la mujer del balcón, no se daba a la fuga, permanecía quieta, sin mover tan si quiera una pestaña. Quizá volaba con la imaginación ¿Quién puede saber lo que desfila por mente ajena?

Diminuta y flaca. Pasado el medio siglo de vida. De pelo pardo y tez morena; mate y profusa en arrugas. Sola en su soledad. Sobreviviendo prisionera y esclava de su hipocondríaca y egoísta madre. A su entero antojo.

Su nombre clama a la esperanza. Y en ese instante al verla tan desolada, me pregunté si ella, a estas alturas de la vida esperaba todavía algo.
En ocasiones los nombres con que somos bautizados son crueles, y marcan de por vida a quien los lleva. En este caso, el nombre venía cargado de humor negro, y se burlaba de ella.

Aquella tarde sentí unas ganas enormes de ponerme a llorar cuando la entreví. No, no es cierto, sentí deseos de subir a socorrerla, a abrazarla; sin embargo, no hice nada. No se estila entrometerse en la vida privada de los demás, hay que guardar las apariencias… Pero en la boca, por muchos días, me quedó el regusto amargo de la impotencia.
Y es que, cómo dice el refrán “Los hay que nacen con estrella y quienes nacen estrellados.

Trini Reina
02/09/2005
Photobucket

sábado 28 de marzo de 2009

Insurrección


Estoy cansada de poner buen perfil al mal tiempo. De sonreír sempiternamente a las afueras. De encender cada nueva alborada las luces de mi fachada, cuando apenas la llama de una vela alumbra mis adentros.

Estoy agotada de disfrazar mis desalientos. De rellenar con humo mis vacíos. De plantarle férrea cara al huraño destino. De lidiar, huérfana de armas, contra este ejército de potentes sombras que me violentan.

Y quiero exigir mis derechos.

Exijo poder llorar a mi capricho sin que nadie me instale en los ojos un pañuelo para amordazar mis lágrimas. Exijo la plena libertad para revolcarme en mis miserias; para regodearme en mis dolores.
Exijo la paz para esta ofensiva de contratiempos.

Exijo mi derecho a derrumbarme, estoy hastiada de tener que mostrar firmeza ante los elementos que me azotan. Por una vez, hoy, quiero sumergirme libremente en el túnel de las tinieblas y dejar de simular que soy un ser irreductible.

Quiero, al menos en este día, portar orgullosa la bandera nívea de la rendición, sin que nadie me tache de desertora que ya eligiré yo, libremente, el momento de reemprender mi lucha.

®Trini Reina
30/08/2005
Del Poemario "Azules rotos"
Photobucket

Mañana...


...Y el sol se pone enlutando aún más a las sombras; volviéndolas visibles a los alucinados iris.

La noche desciende prendiendo mezquinamente alguna difusa estrella. Los claroscuros permiten ver de cerca a los espectros, que, tras las esquinas, celan mis cansinos pasos.
La luna asoma menguada, vestida de un halo nebuloso y rematada de tinieblas; a juego con mi espíritu.

Allá en la distancia, avanzando descalza, despacio, se acerca la Nada, y con los brazos extendidos se muestra dispuesta a ocuparme.

Mis párpados se humillan bajando sus frágiles doseles, así mi cuerpo sabio escudándose en el sueño espera eludir al tedio que lo amenaza. Y entregando sus armas a Morfeo, esquiva otro día más al insidioso vacío que no ceja de rondarlo.

...Mañana, tal vez el sol se exhibirá sonriendo en la alborada, y extendiendo sus rayos sobre mi piel desecará el desánimo húmedo y denso que la abruma. Pero eso será mañana. Tal vez mañana.

©Trini Reina
26/08/2005
Photobucket

Cómplices


Cómplices. En los amaneceres de azules matices y en los crepúsculos malvas. Cómplices difuminando las tinieblas de los densos días. Cómplices, siempre cómplices; incluso en las largas ausencias.

Cómplices en las sobrecargadas rutinas y en las livianas aventuras de los días en común y los años aunados. Cómplices en esta historia que, de ilusiones y esfuerzos, en nuestra intima acuarela vamos esbozando.

Cómplices en las risas, que, por sí solas, se desatan cuando, a solas, frente a frente, nos miramos con el deseo brillando en los ojos y las ganas derramándose en las manos.

Cómplices de corazón desnudo, de alma y cuerpo entregados, de pudores e impudicias, de tiernas caricias y besos apasionados.

Cómplices en las lágrimas, que secas a besos si me encuentras llorando. Cómplices en las desilusiones, las alegrías y los ratos amargos; que, a medias, pesan menos y bastante menos se tarda en endulzarlos. Cómplices en este reñido amor de cumbres y tajos.

Cómplices de acuerdos y divergencias, de pactos de concordia y miradas de soslayo. Cómplices, a pesar de que, a veces, por ajenas tristezas, en aceras distintas nuestros pasos marcamos. Mas, un leve gesto, una palabra dulce, un perdón suspirado, nos vuelve al presente y en un cómplice abrazo desembocamos.

Atados por invisibles lazos, cómplices nos nombró el destino y al azar es inútil desafiarlo.

®Trini Reina
23 de agosto de 2005
Del Poemario “Azules rotos”
Photobucket

Jugando al amor


Cinco reflejan los dados. Y avanzas cinco peldaños en la escala que a mi corazón te acerca. Allí te plantas y castigado por la incertidumbre tu cuerpo tiembla. Ni inicias otra ronda, ni huyes derrotado.
Dudas...

Con el circular del tiempo algo se estremece en tu ser: un destello de ternura, un brusco deseo, un capricho o un pecado te impulsan a arriesgarte y con ímpetu reanudas el torneo.

Lanzas, y añades cuatro puntos más a tu renta, y tus pies, impacientes, se elevan otros tantos en la escalera. Ya con las manos casi prendes mis arterias, y seducido, te cuelgas de la pasión balanceado.

Mas, al punto de salvar la meta y entre vítores conquistar mis recintos triunfando. Cuándo ya tu aroma me anega y mi alma jubilosa se frota de deleite las manos: un ráfaga de aire frío, unas garras de aliento helado; te empujan y despiden tres peldaños más abajo.

…Y vuelta a iniciar el juego, reparto de reglas, fichas, y visados, el encuentro continúa contigo y conmigo unos grados más embrollados.

Sumas de nuevo, y con la yema del índice agasajas mi costado… Mas recaes en la indecisión y sin advertencia retrocedes seis casillas de golpe y porrazo; dejándome en la huída, entre ventrículos, un puñal cruzado.

Ya me faltan fuerzas, perdió el interés este pasatiempo de amor y desamor terciados… En este nulo tablero todas mis indulgencias claudicaron.
Renuncio al juego. Que envejezca el damero en su urna arrinconado. Y mi corazón que en paz repose sin turbaciones anestesiado.


©Trini Reina
16/08/2005
Del Poemario "Azules rotos"
Photobucket

La dama nívea


Desde el rojizo tejado, donde me amparo del relente nocturno, observo allá abajo el parque en que habito.

Soy un ave, concretamente una paloma, no una zorita, ni torcal, simplemente una paloma domestica de las miles que a diario sobrevolamos las plazas y los jardines urbanos, picoteando, como mendigas, granos de alimento en las manos de los niños.

En el ambiente se huele el cambio del tiempo, la luna camina rodeada de una escolta nebulosa que, desde este observatorio, me hace verla borrosa. El aire llega de poniente, lloverá al amanecer. Ya va siendo hora, el verano se ha alargado en demasía, agostando la flora del parque. Por el oeste se despereza el día y, como barrunté, el cielo se muestra de nubes rebosado. Caen las primeras gotas; las escucho repicar en las tejas del palacete. Además, el olor a tierra mojada es un gozo para el espíritu. Aquí, en mi refugio, no importuna el agua, pero la humedad hace doler mis viejos huesos. Las hojas realizan su último vuelo y en el suelo las dunas de hojarasca crujen en un postrer estertor, antes de ser barridas por el viento o aspiradas por las máquinas del jardinero.

Desde el privilegiado espacio que me concede la altura, dejo errar mi mirada por lo que me rodea. No está la mañana para planear por la ciudad curioseando. Desde aquí diviso la diadema pétrea que corona la testa de “La dama nívea”.

Quiero relataros una historia que acaeció en este oasis del centro de la urbe hace algunos años, cuando yo aún era una joven y locuaz paloma y el mundo se veía de un azul esplendoroso, incluso en los días como el de hoy, en que arrecia la lluvia.

En el centro de la plaza se ubicaba la glorieta, circundada por un parterre de rosas rojas y blancas. Una grada de azulejos vidriados divide el círculo, de cuyo centro surgía el pedestal de granito donde se aposentaba la esfinge de un coloso, con toda su envergadura. Desde allí dominaba el paisaje, altanero y elato y, se dejaba adorar por los viandantes que a diario pasaban junto a el. En la altura que le brindaba su atalaya los miraba con menosprecio, seguro del poder que creía poseer, al ser admirado durante tantos años, por multitud de ciudadanos. Los niños, a su alrededor jugaban o montaban en bicicleta, vigilados de cerca por sus madres o niñeras, que parloteaban unas con otras hasta que terminaban las horas de juego. Los ancianos a sus pies aprovechaban el calor del sol, descansando en los peldaños que acceden al basamento. Allí, como siempre, comentaban sus avatares cotidianos, manidos ya por el repetitivo catálogo de sus predecibles rutinas. Ya en las tardes. Casi dibujado el crepúsculo, los adolescentes tomaban posesión del parque. En los contornos del monumento se citaban para reunidos charlar. Aunque lo que más practicaban es esa costumbre de beber todos de la misma botella o pasarse unas veces el cigarrillo otras el canuto, de unos labios a otros sin el menor escrúpulo. Los enamorados tomados de las manos se besaban calenturientos, sin asomo de pudor, indiferentes a cuantos les rodeaba, ajenos a esos ojos metalizados, que desde lugar privilegiado los observaban fijamente con una gran dosis de envidia. Esta escena se repetía en el jardín, día tras día, en la rueda de las estaciones, con escasas variantes en el panorama y sus moradores.

Una muchacha solitaria llegó una tarde al parquecillo en el espacio que menos frecuentado estaba: las horas que trascurren desde el almuerzo hasta la vespertina hora del café. En ese rato la plaza quedaba semi vacía: un solitario transeúnte despistado o algún obrero que trabajaba en las cercanías y venía a comer su bocadillo relajadamente, sentado en un banco, resguardado a la sombra de un frondoso árbol. La flamante visitante del parque era una desconocida, ningún lugareño la había visto antes por aquellos lares, ya que, de haber sido así, no habría pasado desapercibida, pues una belleza como esa, nunca deja indiferente a quién la admira. Nadie conocía su nombre, mas se llamaba Pandora.

Todo el afán de la chica consistía en caminar circundando la escultura. Después reposaba a sus pies mirándola, sin hablar jamás con nadie de los que por allí pululaban. Desde hacía unos meses, diariamente recorría el mismo trayecto y realizaba idénticas acciones, siempre cerca del coloso y, como si de un dios se tratase, lo idolatraba. Era tan hermoso, tan reluciente... Se veía allí arriba terriblemente solo, inalcanzable, desamparado. Cada jornada lo adoraba más. Se abrigaba con el calor que la figura emitía; un calor falsificado, ya que este se limitaba a reverberar los rayos de sol que chocaban contra el bronce con que estaba fabricado. Ilusa, Pandora pensaba que la poderosa imagen le regalaba su calidez a ella en exclusividad. Que sólo refulgía en su honor. Cuán equivocada estaba. Desde abajo le clava sus negros ojos, mirando arrebolada hacia su ídolo amado. Le relataba sus pesares, la soledad en que vivía en esa patria inexplorada, la añoranza de su tierra, sus cuitas y desvelos, su naciente amor hacia él… La mente inocente de Pandora creó un ficticio mundo de sueños, en los que ella era predilecta y especial para el prócer dorado. Él era su príncipe poderoso y bello y de ella, humilde e insulsa, había quedado prendado. La incauta, poco a poco, entre tanto oneirismo, fue perdiendo la cordura, mas, pensaba que los locos eran los demás. Como esos niños crueles, de sonrisas desdentadas, en caras de querubines, que se burlaban de Pandora, mofándose de sus excentricidades y rarezas, mientras los padres, permisivos, aplaudían las gracias de sus infantes.

El coloso, entre tanto, coqueteaba con todo lo que atinara a observarlo, mostrándose cada vez más orgulloso y engreído. Flirteaba con las palomas, halagándoles la blancura de sus alas, reía con las golondrinas que en su mano anidaban, besaba a la lluvia cantarina que lo purificaba en otoño, arrastrando con ella el polvo acumulado durante el seco estío. Adulaba al sol para que gratuitamente lo bronceara e instaba a la luna a acicalarse en el brillo metalizado de su cuerpo como si en un espejo se reflejara.

Pandora, noche tras noche, fue languideciendo, entre celos, indiferencias y desaires. Pero negaba la evidencia y perdonaba a su enamorado mil desdenes. Mas eso no la eximia de marchitarse, ansiando la atención del ingrato.

Un día, una nube oscura y mandona que el paisaje celaba, se apiadó de Pandora, que, de tanto amar sin ser correspondida, durante el duelo perdió el color y el lustre de su semblante. Tocando arrebato la nube convocó a sus camaradas y todas al unísono formaron una tempestad repleta de venganzas. Encorajinadas invocaron la presencia de los elementos: el viento del norte, con su aliento helado, la lluvia con su azote de nueve colas, los truenos coléricos repletos de furor, los relámpagos clamando la soberanía del cielo sobre la tierra. Todos juntos una renegrida noche, el infierno desataron sobre el solitario parque. La orquesta de luces y sonidos se volvió ingobernable.

Tras horas de abatirse en desconcierto sobre el vergel, la paz retornó a la plaza. Al rayar la aurora, un destello de sol comenzó a fulgir y aceleró la huida de las plomizas nubes que restaban. Ya con la luz despertando al día, se percibió el desastre que la naturaleza enfurecida había ocasionado. Todos observaron como el poderoso coloso en el suelo yacía, malherido y roto, ni un asomo de lo que fue. Hasta el matiz dorado se había desprendido, despojándolo de su estofa.

Días después, los funcionarios municipales tras reparar los desperfectos, colocaron sobre la peana una nueva esfinge, esta vez un cuerpo de mujer vestida de mármol níveo.

A Pandora nunca más se la vio por aquellos parajes. Quizá la envolvió el viento entre sus helados brazos y la devolvió a su tierra. Aunque algún abuelo miope, al alzar la vista al cielo con ojos brumosos y mente senil, fantasea con los ojos de alabastro, asegura que tienen la misma mirada de aquella chica desconocida que hace un tiempo visitaba el parque y de la que nunca más se supo por aquella ciudad. Desde entonces rebautizaron el parque y ahora lo llaman el jardín de “La dama nívea”.


Como todos los ídolos,
por mucha purpurina que se unten
suelen terminar embarrados.
De nada sirve el orgullo,
ni mirar a la gente de soslayo,
al final un simple viento
en su merecido lugar los deja destronados.
©Trini Reina

13/08/2005
Photobucket

Recuerdos de Conil


La playa, de extensa, se pierde en la lejanía. Sus arenas son doradas, y cuándo baja la marea, desde los acantilados que en muchos términos la delimita, se revelan bellas y coquetas calas. Unos altos murallones de arena forman la barrera entre la masa de agua y tierra adentro. El furioso beso de las olas unido al transitar del tiempo, ha abierto en las paredes de areniscas, unas superficiales cavernas que, al mirarlas, te retraen a tiempos remotos. La arena es fina y suave, si tomas un puñado entre las manos, raudamente se escapa y vuelve a su lugar de origen. Conchas nacaradas de varios tamaños, diminutos caparazones de caracolillos y unas piedrecillas pulidas por acción del agua, de múltiples colores: canela, blanco, negro y marfil; decoran ese marinero suelo.

Y frente a la playa, el océano, inmenso, grandioso, que según el cielo que esa jornada asome a mirarse en el, se transformará. Pasando por toda la gama de azules y grises. Y dependiendo de los caprichos del rolar del viento, se mostrará dócil o fiero. Agitará sus aguas hasta fabricar salina espuma, o se dejará acunar entre los brazos del calmoso aire; despreocupadamente.

En aquel tiempo, ahora se cumplen dos años, el cielo pintaba de un azul perfecto y el viento de levante, tan común y brioso en esas latitudes, se había adormecido.
Por lo tanto, en los cuatro días que allí residió nuestra amiga, sólo la timorata brisa besaba su cara, entibiaba su cuerpo, se enredaba con su pelo ¡Ay su pelo!...

Esas insuficientes jornadas las dedicó a hacer las paces con ella misma. Con ella, y con su hado que, le había deparado una cruel sorpresa para la que no estaba preparada…
¿Y quién está preparado para la malignidad? Nadie, por eso vivimos medianamente felices. Si estuviésemos a todas horas obsesionados con lo que nos destinará el futuro; agonizaríamos de incertidumbre y temor.

Se levantaba al alba, siempre la agobiaron las habitaciones de hotel, sólo las usa para dormir y asearse. Así que en cuánto amanecía, en silencio se vestía, y con las zapatillas en la mano y la respiración a cámara lenta; fácilmente se puede decir que huía de la alcoba.
Bajaba por una escalera bastante larga, desde el malecón donde el hotel estaba ubicado, hasta la rasa playa, y una vez allí comenzaba su andadura por ella.
En la mano derecha las zapatillas, en la izquierda su anhelada soledad…

A esa hora, cuando el sol aún bosteza encorajinado por haber sido expulsado de su cama, la playa estaba prácticamente desértica. Alguna señora, pasada la madurez; caminando. Y algún hombre, sobrado de kilos; corriendo, eran las únicas almas vivientes. Ellos y las gaviotas que sin espantarse por la inusual compañía la seguían mientras, picoteaban en la arena buscando alimentos. A nuestra amiga le hacía gracia, le provocaba una sencilla sonrisa observar las huellas que dejaban sus pequeñas colegas marcadas en el terreno; semejaban diminutos tridentes.

En sus paseos desmenuzaba su pasado. El presente inmediato ni lo rozaba, carecía de importancia, sólo existía para gozarse en lo que buenamente se realizara. Pero el futuro…El futuro se presentaba oscuro y tenebroso y requería un gran esfuerzo trasladar sus cavilaciones hasta el. Tenía que armarse para afrontarlo de la manera más digna para ella, y la menos traumática para sus contornos.

De vez en cuando el aleteo de una gaviota la sacaba del ostracismo donde andaba imbuida y continuaba su vagar.
Allá en el cielo, el sol, ya se había quitado las legañas y comenzaba con brío su trabajo.
Ella se sintió cansada y se sentó en la arena húmeda de rocío. Así, mentalizándose, arremetió con su mirada hacía el mar que la retaba… Y allí la clavó.

Siempre vio a Dios en la naturaleza, en las cosas bellas cargadas de misterio. El misterio de cómo, cuándo, por quién y por qué, fueron creadas.
Lo veía en el astro rey, durante el orto y el ocaso. En la dama luna y todas sus fases. En los ríos, tan tornadizos desde el nacimiento a la desembocadura. En las cordilleras y montañas, esos colosos cargados de poderío y magia. En los bosques y los desiertos. En la primera sonrisa de un niño y en la risa parca de un anciano…
Pero sobre todo lo veía en el mar. Lo rebuscaba en el mar.

Durante esas auroras le habló al mar, le contó sus miedos, sus esperanzas, su fe y su terror. Y le suplicó fuerza. Sobre todo; valentía y fuerza. Y tras esa oración humilde, una ola le rozó los pies, anunciándole que la marea reclamaba su espacio, y ese gesto, para ella, fue el beso bendecido de Dios…

Entonces, le prometió a cambio que no se dejaría vencer, que atesoraría esa potencia y la administraría, empleándola en todas y cada una de las batallas que tendría que librar. No estaba segura sí la guerra duraría meses e incluso años. No conocía el terreno a conquistar. Ni cuánto tiempo tardaría en vencer al vil ocupa. ¿Cuántas cosas personales y materiales perdería en esa ofensiva particular?... Pero le prometió a Él, al mar, y por ende a ella misma que saldría victoriosa.

En esas horas, frente al mar, se reconcilió con todo: el destino, el infortunio, el pasado, el presente y el porvenir que la aguardaba al regresar.
Se atiborró mentalmente de energías, de fuerza vital. Se vistió con el sobretodo de la conformidad, y con todo eso mezclado, ungió de paz a su espíritu.
Cargó sus alforjas de alegría y en su boca, con hilos de seda bordó una sonrisa que nunca, ni en los peores días de la oscuridad, desapareció del todo. En definitiva, en esas escasas fechas de ocio y recogimiento, mientras oía el rugido del mar y aspiraba su singular aroma, dispuso la mejor estrategia para vencer al mal que, agazapado la invadía…

Ahora que han pasado casi tres años de esta historia, mí amiga, nuestra amiga, sinceramente cree que, aunque deba de librar aún alguna que otra escaramuza, lo peor de la ofensiva ha terminado.

Trini Reina
11/08/2005
Photobucket

Otro tiempo...


Hubo un tiempo en que tu angustia se licuaba con la zozobra mía, y ambas de la mano, se ofrendaban consuelos. Hasta que la felicidad irrumpió en tus pesares atenuándolos; mientras, en mis periferias, se acrecentaban los míos.

Hubo un tiempo en que una expresión tuya bastaba para prender la sonrisa mía, y mis labios para ti poseían el sabor del dulce vino. Hasta que la dicha te poseyó con su celeste alegría; y toda la calidez de mi boca a ti te supo a hielo.

Hubo un tiempo en que bajo tu sol, yo me resguardaba del infortunio, y tú, reflejándote en mi luna de estrellas te adornabas. Hasta que tu sol roló sobre su eje y fue atisbando el horizonte que tus rayos preferían. Entonces, mi luna menguó hasta eclipsarse y perderse en el negror del infinito.

Hubo un tiempo en que mis pulmones, de tu pecho, el aire inspiraban, y nuestros corazones, al unísono, cuando se presentían palpitaban. Hasta que desviaste tu rumbo, consolidado; y en mis venas sucumbieron los latidos.

Hubo un tiempo en que tu mente, acaso insatisfecha, al son de mi armonía se halagaba, por eso para ti modulé todas mis canciones. Hasta que otra voz despertó de su indiferencia, y en ella, descubriste el tono que tus sentidos codiciaban. Entonces yo, negué el azúcar a mis palabras y amargas las bajé por la garganta.

Hubo un tiempo en que yo por ti sobrevivía, y tú, entre mis brazos de tus tedios desertabas. Hasta que un atardecer te marchaste persiguiendo el resplandor de un lucero. Y yo, sin luz, sin aire, sin cómplice en que apoyarme; me derrumbé, y a mis pies surgió la fosa de la ausencia.

Hubo un tiempo…
Pero todo lo que nace restringido finiquita.
Ahora tú navegas mar adentro y yo, aún agonizante, peregrino por la orilla.

©Trini Reina
9 de agosto de 2005
Del Poemario “Azules rotos”
Photobucket

Diana...


Diana a quién asignadas van todas las flechas. Imperceptibles dardos que al fundirse forman un rejón que vuela directo al costado horadando profundas heridas…
Agujeros negros en el alma; tan negros como unas pupilas que lo han visto todo…

Trini Reina
05/08/2005
Photobucket