
Aquel hombre, llevaba dos noches durmiendo junto a ella, bueno en realidad, acompañaba su dolorosa vigilia. Pero era consciente, de que esa sería la última.
En la oscuridad, escuchaba su agitada respiración, mientras cada cierto tiempo, sentía el golpeo de una de sus patitas, suplicándole alguna caricia, como remedio “casero” para aliviar su insufrible calvario. Como recompensa, le lamía la mano en una muestra de cariño, y movía levemente el rabito, como prueba de agradecimiento. ¡No le quedaba fuerzas para más!
El sabía perfectamente lo que trataba de decirle. Le pedía ayuda, le suplicaba, que le arrancara ese inmenso sufrimiento que le corroía. Mientras impotente, comprobaba cómo ni la medicina, era capaz de suavizar el tormento, de aquel ser que tanto amaba.
Cuando los primeros destellos de luz entraron por la ventana, la miró en la penumbra, y se emocionó una vez más, al contemplar como aquellos preciosos ojos color caramelo, que hace tan solo unas semanas brillaban de pura alegría, se encontraban apagados, y solo transmitían una infinita tristeza.
Durante un mes, no ha querido creer, que aquella perrita que saltaba, jugaba y corría, fuera la misma que poco después, se arrastraba penosamente, con su patita trasera encogida, siendo devorada por un maldito cáncer de huesos.
Se agarraba a un milagro, pero este no se producía. Le prometió, que mientras siguiera con apetito, devorando aquellas bolitas y galletas que tanto le gustaban, y se le iluminara la mirada, cuando le proponía ir al parque a ver a sus amiguitos, no tomaría la fatal decisión.
Por eso cada tarde, la sujetaba entre sus brazos (como si de un bebé se tratara), y en el coche, la llevaba a su querido parque canino. Allí la depositaba sobre la hierba, para que viese correr, a aquellos que hasta hacía poco, compartían juegos con ella. Con gran esfuerzo intentaba levantarse, para ir en busca de alguna pelota que rodaba justo a su lado, pero la patita no le respondía, el dolor se agudizaba, y tras varios pasos, optaba de nuevo por dejarse caer vencida, con un suspiro de resignación. Su amo sabía que la nostalgia por un tiempo pasado se apoderaba de ella, a la vez que un inmenso sufrimiento, se adueñaba también del corazón de éste, al observarla.
Luego, cada día fue perdiendo fuerza, dejó de tener deseos de comer, olvidó la ilusión por jugar, el dolor se acrecentó, hasta hacerse insoportable, la atrofia ósea y muscular, se extendió a la totalidad de la parte trasera de su cuerpo, y la escasa calidad de vida que le quedaba, se diluía por horas.
Era fuerte y buena, pues ni un gemido, lamento, o aullido, ni el más leve ladrido, hacía pensar que se moría, que sus órganos se negaban a funcionar. La única prueba de su suplicio, era un pequeño jadeo difícil de disimular.
Fue entonces cuando tomó la decisión final.
Luchando contra su conciencia, deseaba que amaneciera, pero a la vez, le asustaba la llegada del nuevo día.
Cualquier decisión para alargarle la vida, era igualmente para prolongar su agonía. Sin duda, había llegado el momento. Se levantó, la acarició, y con un nudo en la garganta, y ante las incontrolables lágrimas de los que la querían con todo el alma, la llevó al veterinario.
Sabía que el trago era angustioso, pero aquel hombre se negó a salir de la sala, permaneciendo a su lado, cuando le suministraron la inyección letal. Su conciencia no le permitía dejarla ir, sin mirarla fijamente a los ojos, decirle lo mucho que la quería mientras la besaba constantemente, y sobre todo agradecerle, los más de ocho años de felicidad que le había regalado.
La perrita se preguntaría porque lloraba su “amo”, porque le acariciaba de un modo distinto, porque le decía adiós, si él nunca se iría sin ella. Y nunca se sabrá en aquel instante, que ojos albergaban más tristeza, y que corazón sufría más, si los del moribundo animal, o los del angustiado amigo humano.
Se miraron los dos, con una ternura difícil de describir. A los pocos segundos, los ojos de Luna, se volvieron vidriosos, como si una inmensa lágrima los cubriera, ésta dejó de respirar, y su corazón desistió de seguir latiendo. ¡Por fin, el dolor había desaparecido!
El la seguía contemplando como si estuviese dormida, como si fuese un mal sueño, y por un momento pensó, que comenzaría a sacudirse la cabeza, como solía hacer cada amanecer al despertarse. Pero en esta ocasión fue distinto, esta vez no despertaría, ni movería el rabito, como cuando su “amo” la saludaba cada mañana, dándole los buenos días.
Abatido salió de la clínica sin rumbo fijo, solo deseaba llorar, y un inmenso vacío se apoderó de él. Mientras acudía a su mente, todos aquellos recuerdos acumulados durante casi nueve años. Sonreía, lloraba, y volvía a sonreír. ¡Dicen que eso es locura!
En una mezcla de sentimientos, advierte que es un agraciado, porque ha tenido la suerte de experimentar como nadie, hasta dónde puede llegar el amor, la lealtad, la fidelidad y sobre todo la nobleza de un animal. ¡Ya la quisiera para sí, muchas personas!
Y piensa como se lo dirá a todos los niños del pueblo, para que estos comprendan, que “su Luna”, aquella perrita grande, negra e inocente como un cachorrillo, a la que saludaban a diario, jugando con ella, se ha marchado. Que la misma que movía el rabo alegremente a cambio de una caricia, o aceptaba golosinas, dando las gracias ofreciendo su patita, no se ha muerto, sino que tan solo está descansando. Convencido está, de que la chiquillería en su inocencia no lo entendería.
Y en el parque, sus amigos, Bruno, Riski, Celi, Romeo, Roco, Tanne, Rony, y muchos más, notarán que falta a su cita diaria, y seguro que la añorarán, porque se hacía querer, y su bondad ha dejado huella, entre animales y humanos.
Cuenta la leyenda que aquel viejo se volvió loco, aunque muchos aseguran que ya lo estaba (pues era imposible, querer a un animal de tal manera). Durante muchos días continuó hablando con Luna, a veces tomaba el comedero y le servía su comidita, algunas bolitas de pienso, un poco de leche, o esos trozos de carne enlatada que tanto le gustaba.
Siguió yendo al parque, y lo inundó de carteles con la fotografía de la perrita, agradeciendo a sus amiguitos y amos, su amistad y compañía. ¡A ella le hubiese gustado hacerlo!
Sentado en su banco preferido, escuchaba sus ladridos, y la veía correr y saltar entre los demás perritos del barrio. Solo en contadas ocasiones, perdía la sonrisa, era cuando recobraba la cordura, cuando la lucidez y la razón, dejaban a un lado a la demencia, entonces con la mirada perdida y desorientado, buscaba entre los pequeños matojos, un trozo de tierra removida, aquel que sus patitas juguetonas excavó un día de intensa lluvia. ¡Porque a Lunita, le encantaba la lluvia!
Para los que no aman a los animales, para aquellos que nunca han tenido la suerte de tener una perrita como Luna, solo se trata de una leyenda urbana, de un cuento de fantasía.
Sin embargo, aquellos que han vivido una experiencia parecida, no dudan de la veracidad de la historia, no cuestionan el trastorno y enajenación de aquel abuelo, que seguía levantándose cada mañana, con la ilusión de seguir dando los buenos días a su perrita, mientras esta se tumbaba boca arriba, esperando el agradable cosquilleo, de una suave caricia en su barriguita.
¿Quien dice que en el Cielo no hay lugar para los perros? ¡Será porque no te han conocido “Luna”!
¡Descansa en paz, mi fiel amiga!
Antonio Lozano Herrera